Opinión: El diseño mexicano no necesita parecer europeo para ser contemporáneo
Durante décadas, el diseño mexicano buscó legitimarse a través de la imitación. Minimalismo escandinavo, sobriedad italiana, neutralidad japonesa. Lenguajes ajenos que funcionaron como atajos simbólicos hacia la idea de “buen diseño”. Hoy, esa urgencia por parecer otra cosa comienza, por fin, a diluirse.
Hablar de diseño mexicano contemporáneo ya no implica discutir si es suficientemente moderno, sino preguntarnos desde dónde se posiciona. La contemporaneidad no es una estética importada ni una paleta de colores correcta. Es una postura crítica frente al tiempo que se habita. Y en ese sentido, México tiene un contexto social, material y cultural profundamente fértil.
Durante mucho tiempo se nos dijo que lo local era sinónimo de lo artesanal, y que lo artesanal no podía ser contemporáneo. Esto es falso. Los materiales locales, los procesos heredados y las narrativas territoriales no son lastres del pasado, sino herramientas activas para pensar el presente. El problema nunca fue su uso, sino su traducción acrítica o folclorizada.
El diseño industrial mexicano, cuando se permite operar desde su propia complejidad, produce objetos con múltiples capas. Técnica, simbólica, económica y cultural. No necesita borrar huellas para entrar a la conversación global. Al contrario, es precisamente esa huella, bien interpretada, la que lo vuelve relevante.
Ser contemporáneo no significa neutralizar el origen, sino saber editarlo con inteligencia. El diseño más interesante que hoy se produce en México no es el que intenta pasar desapercibido en ferias internacionales, sino el que asume su procedencia con rigor conceptual y claridad formal. Diseños que entienden su contexto productivo, que cuestionan la noción de lujo y que dialogan con la artesanía desde el diseño, sin romantizarla ni explotarla.
Imitar ya no es necesario. El diseño mexicano ha alcanzado una madurez crítica que le permite dialogar de tú a tú con cualquier escena internacional. No desde la copia, sino desde la identidad, el pensamiento y la coherencia. La contemporaneidad no se importa, se construye. Y en México, hoy, se está construyendo desde lo propio.